“Deja ya de jugar con la comida. Voy a apagar las luces. Hazme caso si no quieres ir a aislamiento otra vez”, gritó el guardia, y continuó con su ronda. Solo en su celda, dejó la escudilla a un lado y pensó cómo su madre no había conseguido corregirle ese mal hábito. Si le hubiera hecho más caso en eso y en otras cosas, esa celda sería su casa, el guardia, su mujer amada y aquel grito, un te quiero.