
Habían llegado al lago. Eran las once de la noche y los dos amigos se sentaron al borde de la orilla, con el agua besando sus pies mientras los pantalones de ambos se manchaban cada vez más de barro.
– ¿Qué hacemos ahora? – Preguntó Pablo con su cabeza casi metida entre las rodillas, ya fuera por frío o por tristeza.
– Ni idea, por lo menos nos hemos largado de la mierda esa – contestó Pedro, mientras miraba a su amigo, intentando discernir si estaba llorando o no.
Los dos amigos habían cogido el autobús y se habían bajado en la última parada, la que normalmente usaban los trabajadores de la fábrica situada a las afueras de la ciudad y que, sorprendentemente, también funcionaba un sábado como aquel. El conductor parecía extrañado de que unos adolescentes se bajaran en esa parada a esas horas de la tarde y tras ofrecer regresarles al centro de la ciudad y recibir una negativa, se marchó sin más.
Pedro y Pablo habían hecho un poco el tonto, subiéndose a esas grandes tuberías en el exterior de la fábrica y haciendo equilibrios en aquella tarde-noche oscura y ventosa, donde no había ni un alma que no fuera la de esos dos jóvenes desdichados.
– ¿Cenaste antes de largarte?
– Qué va, ¿y tú?
– Cogí algo rápido y me fui antes de que sospecharan algo – dijo Pablo mientras abría su mochila y ofrecía a su amigo una magdalena.
– Muchas gracias, pero no tengo hambre ahora, además no me apetece dulce.
– Bueno, pues perdone usted, mejor eso que nada ¿no crees?
– No hace falta que te enfades. Oye, ¿no tienes miedo?
– ¿Miedo? ¡Qué va! ¿Por qué?
– Pues por qué va a ser, por las historias que cuentan sobre la fábrica.
– Eso son todo mentiras.
Pero estaban nerviosos. Ambos habían oído las historias de fantasmas ridículas a las que no prestaban mucha atención, pero también sabían que en la zona era frecuente ver a gente poco recomendable y peligrosa.
– La chica que iba a nuestra clase desapareció aquí.
– ¿Quién?
– María.
– ¿Esa? No, se fue a otra ciudad. Tuvo que mudarse por el trabajo de su padre.
– Eso es lo que dicen para que no nos asustemos. Javier, el de la clase de al lado, me contó que vino aquí también a despejarse, que cuando empezó a sentirse incómoda porque se sentía observada decidió marcharse, pero nunca llegó a la parada del autobús. Un drogadicto salió de entre los árboles, se la llevó a lo más profundo del bosque y nunca más se supo nada de ella.
– Todo eso son tonterías. Seguro que está con sus padres tan tranquila en su casa a la ciudad que fuera que se mudaran.
– Tú créete lo que quieras, pero sería mejor que nos fuéramos.
– Yo no quiero volver, vete tú si quieres. Prefiero quedarme aquí solo a volver a ese infierno de casa.
– Vale.
Los dos amigos eran jóvenes inteligentes, pero debido a su corta edad, no sabían todo lo que tenían que saber. No sabían que la zona era territorio para las bandas de traficantes de drogas, de camellos y de toxicómanos que pululaban por el área, completamente enganchados y que hacían lo que fuera por una dosis.
La fábrica abarcaba más de lo que la vista podía alcanzar, así como el bosque alrededor, con un inmenso lago donde estaba prohibido bañarse debido a los vertidos industriales que ningún gobierno local había conseguido frenar. Era desde luego un lugar nada turístico, muy decadente y olvidado por las autoridades.
– Dicen que un operario murió mientras trabajaba, en unas condiciones horribles, y que su espíritu vaga por este lago y que si te ve, te arranca los ojos y los brazos, que es lo que le pasó a él durante su accidente laboral y le provocó la muerte.
– ¡Qué tontería! No sé por qué vienes aquí a intentar asustarme.
– ¡No te estoy intentando asustar! Pero podríamos haber ido a otro sitio.
– Nuestras familias de mierda se saben todos los sitios de la ciudad donde podemos estar, jamás adivinarán que estamos aquí.
– ¿Y qué vamos a hacer luego? No quiero estar en mi casa, pero tampoco quiero estar allí – dijo Pablo entre lágrimas.
Pedro no sabía que decir, no estaba preparado para esto. Ahora se sentía mal cuando además la idea había sido suya. Había arrastrado a su amigo a esto en un acto egoísta, ya que él era el único con verdaderos problemas, mientras que la familia de Pablo era maravillosa. Pero él había mentido a su amigo para no escaparse solo. ¡Qué malo era! Quizás por eso su familia no lo trataba bien, quien sabe.
– Mira, vete tú ¿vale?
– Vale, pero vente conmigo. Hace mucho frío y está empezando a llover.
– ¡NO! – gritó Pedro, entre sollozos.
– Prométeme que volverás pronto a casa. Voy a llamar a mis padres para que me recojan, ¿no quieres venirte?
– ¡NO! YA TE LO HE DICHO
– Por favor, prométeme que volverás esta noche.
– Vale. Y gracias por acompañarme.
Pedro vio marchar a su amigo, que se ajustaba la capucha de su sudadera para evitar mojarse por la ligera lluvia que empezaba a caer. Lo estuvo observando marcharse hasta que dobló la esquina que dirigía a la carretera principal. Desde allí llamaría a sus padres.
Su estado de desesperación era tal, que prefería encontrarse con cualquiera antes que volver a esa horrible casa, donde todo eran golpes, gritos y ansiedad. Empezó a llover más fuertemente, así que buscó cobijo en un pequeño cobertizo de herramientas sin puerta al lado de la fábrica.
Mientras veía como los círculos que las gotas de lluvia se hacían cada vez más grandes y numerosos en la superficie del lago, pudo ver como dos personas encapuchadas, a unos doscientos metros enfrente de él, fumaban un cigarro, protegidos por las hojas de los árboles.
Sin pensárselo dos veces, Pedro se dirigió hacia ellos. Los dos hombres se percataron de su presencia y por supuesto, dada la corta edad de Pedro, no vieron en él una amenaza, pero se quedaron observándolo.
Cuando la visión que Pedro tuvo de esos dos hombres se hizo más clara, y vio esas chaquetas de cuero ajadas, esas cicatrices en la cara y esos dientes podridos, se arrepintió de haberse acercado y decidió dar media vuelta.
– Ehhh, chaval, ¡NO TE VAYAS! VEN AQUÍ.
– SIIII, VEN AQUÍ.
– COMO TE VAYAS, TE JURO QUE TE SEGUIRÉ Y TE CORTARÉ EL PESCUEZO.
Pedro, aterrado, se dirigió hacia donde estaban, llegó hasta ellos y pensó que iba a orinarse encima dado el estado de auténtico terror en el que se encontraba.
– ¿Qué haces aquí, chaval?
– ¿Quieres un poco? – Le dijo uno de ellos mientras le enseñaba un papel de plata.
– JAJAJAAJAJAJAJ
Pedro no sabía qué era eso ni por qué se reían. Se había quedado paralizado.
– ¿Eres tonto? ¿No sabes hablar? JAJAAJAJA
– Déjalo ya anda, no es más que un crío imbécil – Dijo el otro drogadicto.
– Pues ala, ¡LÁRGATE DE AQUÍ!
Pedro salió corriendo tan rápido, que sintió como si sus piernas flotaran. Notaba que la vida le había dado una segunda oportunidad, que quizás sus padres no estaban tan mal después de todo, y que la vida en el exterior era incluso peor que la horrible convivencia con su padre.
Sin darse cuenta, se había metido corriendo por un agujero en la valla metálica y se encontraba en el interior de la fábrica, rodeado de máquinas gigantescas y sin casi poder respirar debido a la intensa carrera. Se paró para recuperar el aliento.
Tras el susto inicial, y ya lejos de aquellos drogadictos, volvió a sentir el deseo de no volver a casa. Solo quería llorar. Puso la cabeza entre sus piernas y se dejó llevar por la tristeza. Sus lágrimas rivalizaban en cantidad y grosor con la espesa lluvia del exterior.
Cuando ya no le quedaban lágrimas, decidió levantarse, andar hasta donde pudiera encontrar un coche de policía y contarles que se había escapado.
Pero cuando levantó la cabeza, su corazón dio un vuelco, ya que frente a él se encontraba un hombre de ojos negros, con uniforme de operario y un bigote muy espeso.
– Lo siento, lo siento. Me asusté y ya me iba.
El operario no dijo nada.
– Me voy ya, lo siento – Pero Pedro tenía las piernas paralizadas y no pudo moverse.
El operario esbozó una diabólica sonrisa.
EPÍLOGO
A la mañana siguiente, y tras la denuncia de su padre a la policía, lograron sonsacar a Pablo el lugar donde había huido la noche anterior con su amigo, que había discutido con su padre por las malas notas.
Los oficiales de policía se encontraron el cadáver de un niño, agazapado en una esquina, entre la inmensa maquinaria, sin ojos y sin brazos, con una expresión de terror que aquellos policías jamás olvidarían.
Ahora le tocaba a Pedro escoger una víctima para acabar con la condena que acababa de heredar.