La hierba le llegaba hasta las rodillas. Era una hierba verde clara, de puntas afiladas, que acariciaban la piel en vez de irritarla. Los rayos de sol que incidían verticalmente en ella le daban el toque de calidez justo para un día perfecto en el campo.

Aquel campo de hierba majestuoso parecía extenderse infinito mientras Ricardo Guevara corría a través de él escapando de la patrulla militar que intentaba darle caza.

Era un hombre tan inteligente que, incluso en una situación desesperada como aquella, apreciaba la belleza incomparable y el fulgor irresistible del pedazo de naturaleza que le rodeaba, que era testigo mudo de cómo los hombres se mataban entre ellos por razones estúpidas.

Se estaba empezando a quedar sin resuello y su mirada empezó a buscar algún lugar donde esconderse. Su mente le escondía el hecho de que sus posibilidades de supervivencia eran mínimas.

Solo una hora antes tomaba mate en el humilde bar de Benigno, situado en una apartada villa en Tierra del Fuego.

Aquel pequeño establecimiento, con su solitario ambiente y sus mesas de madera, había sido un pequeño hogar para él durante los últimos meses.

Ricardo era un prófugo, el lider de la facción rebelde local que aspiraba a derrocar a la sangrienta dictadura que gobernaba el país.

Encontró una zona rocosa y se dirigió hacia allí. Jadeaba de tal manera que ni siquiera era capaz de saber si los soldados seguían su pista. Solo podía escuchar el agitado sonido de su propia respiración. Intentó acomodarse en un espacio libre de rocas puntiagudas pero su cuerpo era demasiado grande como para poder lograrlo.

Una fría brisa le golpeaba desde el oeste mientras meditaba sentado, rodeado por aquel macizo rocoso que le servía de refugio temporal.

¿Merecía la pena todo este sacrificio? ¿Sabría alguien lo que estaba pasando en su lucha por la libertad? ¿Qué era la libertad? Cada pregunta en su cabeza le dirigía a otra más abstracta, lo cual solo le provocaba confusión y desánimo.

Así que este era su final. Le parecía egoísta desear una recompensa por su fallido esfuerzo de lograr su definición de libertad. Jamás podría responderse a sí mismo a la pregunta de si realmente luchaba por la libertad o si por el contrario, solo buscaba aventuras.

Le pareció escuchar ladridos de perro. Sin duda, los soldados se valían de ellos para dar con su rastro. Pensó en su madre, a la que hacía más de un año que no veía y le pidió perdón.

Perdón porque jamás podría enterrarle.

Seguramente tirarían su cuerpo desde un avión al mar y jamás lo encontrarían.

Trató de asomarse por un extremo de las rocas solo para ver como un tremendo pastor alemán ladraba para avisar a los soldados donde estaba la presa.

Los soldados se arremolinaron en torno a él.

Mientras esperaba el disparo que acabaría con su vida, solo pudo pensar que, allá donde fuera, pudiera disfrutar de un tranquilo día en el campo en esa hierba verde acariciada por el sol.