
La sala de control tenía un aspecto azulado y una tonalidad oscura ideales para relajarse y dejar volar la mente. Nada más lejos de la realidad.
John Walkins, el único que quedaba despierto en la inmensa nave Andrómeda, miraba dicha sala con una mezcla de desesperación y desánimo. Por el momento solo podía disfrutar de su soledad mientras se veía impotente para poder pilotar la nave y cumplir la misión que les había sido encomendada a él y a su ahora durmiente tripulación.
Se sentó en uno de los sofás de la sala principal. Dado que tenía tiempo de sobra, contempló lentamente la estancia en toda su amplitud: los juegos de mesa de la estantería que tanto habían disfrutado él y sus compañeros, la cafetera que todos usaban cada mañana, excepto Michael, que era totalmente abstemio también para la cafeína, así como las televisiones donde se sentaban juntos a ver los principales canales nacionales e internacionales y que también se usaban para las comunicaciones con el centro de control situado a más de 200 millones de kilómetros.
Tras terminarse el único refresco azucarado permitido por la NASA para los astronautas, que era especialmente manufacturado para las misiones, se levantó del cómodo sofá futurista y se dirigió a las habitaciones donde sus compañeros dormían para siempre.
Envuelto por las sombras de los pasillos de la nave, se encaminó hacia la habitación de su mejor amigo Michael. Las pesadas compuertas, brillantes y elegantes, se abrieron automáticamente a su paso.
La infinita inmensidad del universo le dio la bienvenida, en ausencia de su amigo. Michael era (y es, aunque esté dormido para siempre) un filólogo experto en xeno-lingüística, necesario para desentrañar el lenguaje de las nuevas especies que la humanidad encontraba durante su periplo y exploración del universo tras el reciente descubrimiento de los motores de gravedad cero, que permitían reducir al mínimo el tiempo necesario para cubrir distancias de miles de millones de kilómetros.
El sueño les había sobrevenido a todos excepto a él. Todo empezó tras esa avanzadilla al planeta denominado X2-6434/5L, el cual tenía formas de vida desconocidas a nivel vegetal, pero sin ningún peligro para la exploración, de acuerdo a los informes previos y a los sistemas de la nave. John fue el único que no descendió a la superficie de ese planeta, dado que la vida vegetal no le interesaba en demasía (él era uno de los ingenieros de la nave) y alguien debía quedarse a cargo de la misma por si algo pasaba.
Aún recuerda la conversación con Michael, tras regresar de la superficie de aquel planeta:
– Era un planeta realmente acogedor, parecía que aquellos árboles te abrazaban con sus enormes hojas de vivos colores. Era como si los hubiera visto desde pequeño, sentía una extraña familiaridad con ellos.
– Eso suena realmente interesante, ¿había algo más de interés?
– Los otros compañeros, los geólogos principalmente, han recolectado algunas piedras que les han parecido interesantes, que flotaban. Sí, John, flotaban en su propio planeta.
– Bueno, ¿es normal encontrar algo así, no crees? Especialmente en planetas tan alejados. A fin de cuentas, estamos fuera del sistema solar.
– Gracias por tu entusiasmo amigo (ríe). También encontraron una roca alargada que dicen que puede asemejarse a una deidad que por supuesto, desconocemos. A mí no me parece más que otra roca con unos signos de erosión interesantes, y nada más.
– ¿Ves? Eso suena más interesante, en cuanto pueda, iré a verla.
Al recordar con tristeza la última conversación con su amigo, también recordó que nunca fue a ver aquella piedra, considerada una deidad local por unos, una simple roca por su amigo.
Se dirigió al almacén. La soledad que sentía al pasear por una construcción tan gigantesca que antaño había estado tan llena de vida empezaba a helarle la sangre. Al llegar al almacén, pudo notar que algo no iba bien o, al menos, algo no era normal.
Cuando las compuertas del almacén se abrieron a su paso, inmediatamente identificó la supuesta roca de la que Michael le había hablado. A pesar de estar colocada como un objeto más en una estantería cualquiera, todos sus sentidos prestaban atención a aquel trozo de roca sin identificar. Aquello tenía poder, aquello tenía algo que ver en lo que estaba pasando en la Andrómeda, sin ninguna duda. De repente, se sintió agotado. Tuvo la imperiosa necesidad de echarse en el mismo suelo del almacén y así lo hizo. Se durmió al instante.
Durante su sueño, vio a Michael. No es que soñara con él, lo estaba viendo. No sabía por qué, pero esa era la sensación que el sueño le había querido transmitir. Estaba exactamente en la misma cama donde hacía unos minutos lo había visto sumido en su, por ahora, eterno sueño.
– Estoy aquí John, ¿es que no me ves?
– Te veo, pero estás durmiendo.
– ¡ESTOY AQUÍ! Ojalá estuvieras tú aquí conmigo.
– Ojalá estuviera con alguien, estoy solo, solo en esta nave. Necesito…
– ¡Ven con nosotros! Toca la estatua y disfruta del placer eterno.
John se despertó. Había sido un larguísimo sueño, del que se despertó agitado. Notaba como le sudaban las manos y sus piernas temblaban.
Inmediatamente se dirigió a la cama de Michael.
Lo que vio ahí le heló la sangre: su amigo estaba dormido, pero una sonrisa diabólica, de oreja a oreja, estaba en su rostro; permanente. Era una sonrisa tan exagerada y falsa que debido a la presión que los músculos de su boca estaban aguantando, su amigo había empezado a sangrar. Debía de llevar horas con esa monstruosa sonrisa.
Al asimilar lo que esa sonrisa significaba, su mente dirigió a su cuerpo hacia las llanuras infinitas que finalmente desembocan en el abismo de la locura.
La humanidad, con su eterna soberbia y sensación de superioridad, había creído entender el universo, la creación, el todo, la nada y navegaba en su pequeña pecera convencida de haberla dominado.
Lo que esos seres bípedos no saben ni sabrán jamás, es que el núcleo mismo de todo lo que existe es tan insondable e inconcebible para ellos que la existencia misma ni siquiera les devuelve la mirada, de puro insignificantes que son.
La vida y la muerte son términos inventados por la humanidad que solamente encajan en su propia percepción de lo que ellos consideran vida. En esa nave, esa roca que aquellos seres bípedos consideraban un simple elemento geológico, quiso enseñarles a aquellos a los que consideraba poco más que animales, una pequeña y ligera brizna de la realidad misma de la existencia, lo cual no soportaron, de ahí su catatónico estado que no les provocaba la muerte, sino que más bien los dejaba en un estado aún peor, el de la no-vida.
Caudales infinitos de la realidad verdadera fluían por las conexiones neuronales de los ¿desafortunados? tripulantes de la nave, por un capricho, irracional o no, de alguien o algo que había decidido, quizás en un acto de buena fe, compartir lo que sabía.
John supo que no necesitaba ver a ninguno de los otros tripulantes a bordo de la nave, sabía que estarían en el mismo estado que su amigo Michael. Se asomó a la ventana. Las estrellas del universo infinito parecían entenderle y compadecerle. Se dirigió con paso lento y apesadumbrado a su propia habitación, justo al lado de la de su gran amigo.
Las fronteras de la nave empezaron a desdibujarse en su mente, le costaba cada vez más relacionar conceptos hasta ahora tan claros como el de trabajo, salario, amigos, familia… Sintió que la hasta ahora imperturbable e impasible oscuridad del universo le envolvía y se hacía más amistosa.
Intentó tomar asiento en una de las literas de la habitación, pero solo pudo sentarse en el suelo. Sus sentidos ya no le respondían como el día anterior. Su cuerpo se agitó, sus manos temblaban y notaba como su ser, su alma, intentaba escapar de la cárcel de su anatomía para fundirse con lo desconocido, con lo que esperaba afuera.
Lo último que le vino a John a la cabeza fue su eterna sensación de soledad tras la pérdida de sus padres cuando solo era un niño. Nunca pudo encontrarle el sentido a tal tragedia.
Mientras la locura de la realidad inundaba todo su ser, pudo sentirlos por un instante antes de dejarse llevar y abandonar la carcasa vacía en la que se había convertido su cuerpo.
EPÍLOGO
Tras dos meses sin contestar a las señales de radio de los puertos estelares, finalmente una patrulla policial abordó la Andrómeda solo para encontrar a todos sus ocupantes en un estado de coma profundo inexplicable.
Las fuerzas policiales registraron todas las estancias una por una y finalmente el incidente se atribuyó a la entrada de material contaminado de un planeta desconocido que había provocado aquel estado en los tripulantes y que luego se había disipado, algo que no era poco común en aquella primera época de exploraciones espaciales.
Cuando aquellos policías entraron en el almacén, encontraron un desorden abrumador y una roca alargada que no les llamó la atención. Es más, ni siquiera la nombraron en su informe posterior, el cual entregaron a sus superiores inmediatos.
Fueron afortunados, ese día el universo no tenía ganas de enseñar nada a nadie.