Hay libros que llegan en el momento justo y otros que tendrías que haberte leído mucho antes. El despertar de Kate Chopin entra de lleno en esa segunda categoría. No sé exactamente cómo tardé tanto en leerlo, pero sé que cuando lo hice, algo se quedó muy quieto dentro de mí. Esa quietud incómoda que os deja un libro cuando toca algo que no esperabais que tocara.
Hoy en Rincones de Papel os traigo la reseña de esta novela publicada en 1899, redescubierta por el feminismo de los años setenta y todavía hoy tan vigente. Porque hay clásicos que envejecen, y hay clásicos que solo se vuelven más afilados con el tiempo. Este es de los segundos.
Una mujer que empieza a ver
Edna Pontellier es la protagonista absoluta. Es una mujer de clase alta en el sur de los Estados Unidos de finales del siglo XIX, casada con Léonce Pontellier, madre de dos hijos, con una vida que desde fuera parece perfectamente ordenada. Y al principio de la novela, Edna también lo cree así. O al menos, no tiene palabras para describir lo que no encaja.
El «despertar» del título no es una iluminación repentina ni un momento de revelación dramática. Es algo más parecido a un proceso lento, casi físico: durante un verano en Grand Isle (una isla costera de Luisiana) Edna empieza a aprender a nadar, se enamora de un hombre más joven que no es su marido y, sobre todo, empieza a escucharse a sí misma con una atención que nunca antes se había permitido. Kate Chopin describe ese proceso con mucha delicadeza. No hay un momento concreto en que Edna «despierte». Hay un acumulado de pequeñas grietas que se abren.

El feminismo que nadie quería leer en 1899
Cuando El despertar se publicó, las críticas fueron demoledoras. La novela fue tachada de «vulgar», «perturbadora» y «moralmente enferma». Una historia que mostraba a una mujer casada rechazando su rol de madre y esposa, que deseaba con nombre propio y que al final se negaba a doblegarse… eso era demasiado en 1899. Chopin nunca se recuperó del escándalo. El libro cayó prácticamente en el olvido durante décadas, hasta que la crítica feminista de los años sesenta y setenta lo rescató y lo colocó donde siempre debería haber estado: entre los grandes textos de la literatura norteamericana.
El feminismo de El despertar no es panfletario ni militante: es concreto, cotidiano. Chopin no pone a Edna a pronunciar discursos. La deja sentir. La deja desear. La deja chocar contra las paredes de su propio mundo. Y en ese choque (tan contenido, tan cotidiano) está toda la carga política del libro.
Edna no quiere ser una «madre-mujer», ese ideal que la sociedad criolla de su tiempo imponía: mujeres que se disuelven en sus hijos y en su marido, que anulan sus deseos porque los deseos ajenos lo han ocupado todo. Ella quiere pintarse, quiere nadar sola, quiere existir para sí misma. Y esa voluntad, tan elemental, resulta imposible de sostener en su contexto sin pagar un precio enorme.

El mar, los pájaros y el cuerpo propio
Hay dos imágenes en El despertar que me parecen esenciales para entender el libro. La primera es el mar. Chopin lo convierte en el símbolo por excelencia del deseo y la libertad de Edna: es en el agua donde ella aprende a sostenerse sola, donde experimenta el placer del cuerpo propio, donde el mundo de obligaciones y apariencias queda momentáneamente atrás. La escena en que Edna aprende a nadar es una de las más bellas del libro, y también una de las más cargadas. Aprender a nadar es, en este contexto, aprender a sostenerse en el propio peso. Aprender a existir.
La segunda imagen son los pájaros. El libro empieza y termina con pájaros. En la primera página hay un loro enjaulado que grita «¡Idos! ¡Por el amor de Dios, idos!». Al final, cuando Edna entra al mar por última vez, imagina un pájaro herido que cae desde el cielo, incapaz de volar. El pájaro enjaulado es la mujer atrapada. El pájaro que cae es la mujer que intenta escapar y no puede. Es una de las imágenes más demoledoras que recuerdo en la literatura del XIX, precisamente porque Chopin no la subraya, no la explica: la deja ahí, y os destroza sola.

El final: ¿victoria o derrota?
No me voy a andar con rodeos: el final de El despertar es uno de los más comentados y discutidos de la literatura norteamericana. Sin destriparos demasiado, os digo que Edna camina hacia el mar por última vez, y que Chopin escribe ese momento con una calma que duele leer.
¿Es una derrota? ¿Es una rendición? ¿O es el único acto de libertad que le quedaba disponible en un mundo que no le dejaba ninguno? Yo creo que Chopin no cierra esa pregunta deliberadamente, y que eso es exactamente lo correcto. Edna no consigue vivir en libertad dentro de su mundo, pero tampoco acepta doblegarse y volver a ser lo que se esperaba de ella. Y en ese espacio ambiguo (entre la imposibilidad y la negativa) está la carga más perturbadora y más moderna de todo el libro.
Que este texto se escribiera en 1899 sigue resultándome difícil de asimilar. Hay momentos en que la voz de Edna suena tan contemporánea, tan cercana, que parece imposible que hayan pasado más de cien años. Y eso ya lo dice todo: Chopin estaba hablando de algo real que todavía no se ha resuelto.
Si habéis leído El despertar o tenéis ganas de hacerlo, dejadme un comentario contando qué os parece: si el final os golpea tanto como a mí, si lo leéis como una derrota o como una liberación, o si hay alguna otra novela del siglo XIX que os haya dejado con esa misma sensación de leer algo que no debería existir pero existe. Esos debates son de lo mejor que tiene este rinconcito.
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