En este blog solo escribo sobre libros que me he leído de verdad. Nada de listas copiadas ni reseñas de oídas.

Calle de Madrid de noche
Foto: Emiliano Cicero / Unsplash

Me leí Luces de Bohemia en dos tardes. Y no es porque sea larga, que no lo es, sino porque no me apetecía soltarla. Valle-Inclán tiene un ritmo que te empuja hacia delante aunque a ratos no te enteres del todo de qué va la escena. Para ser de 1920, eso tiene su mérito.

La tenía pendiente desde hacía años. Una de esas lecturas que sabes que toca hacer y vas dejando para más adelante. Al final la abrí sin esperar gran cosa y me dejó tocado: todo lo que cuenta sigue pasando hoy, con otro nombre, pero pasando.

El esperpento, o deformar las cosas para verlas mejor

Butacas de un teatro antiguo
Foto: Kyle Head / Unsplash

Valle-Inclán se inventó el esperpento, o por lo menos le puso nombre. La idea es sencilla: para retratar algo tan absurdo y tan podrido como la España de su época, el realismo se queda corto. Hay que exagerar, torcer, volverlo grotesco. Y entonces, de repente, lo ves claro.

En la obra mira a sus personajes como quien se asoma a un espejo deformante de feria. Todo está retorcido. Los políticos dan risa, la policía da miedo, los intelectuales no sirven para nada y la calle es una mezcla de tragedia y chiste que no sabes cómo tomarte.

Y me quedé pensando una cosa: ¿el esperpento es una técnica o es directamente la manera que tenía Valle-Inclán de ver su país? Apuesto por lo segundo.

Max Estrella, el escritor al que nadie hace caso

Mesa de escritura antigua
Foto: Daria Kraplak / Unsplash

El protagonista es Max Estrella, un poeta ciego y muerto de hambre que se pasa una noche entera dando vueltas por Madrid. Esa noche acaba siendo la última de su vida. No es un héroe ni nada que se le parezca. Es un tío con talento al que su país no le ha dado nada y que tampoco va a tener una muerte digna.

Incomoda un poco lo reconocible que es. El que vale y el sistema ignora. El que tira de humor negro porque no le queda otra. El que ve las cosas claras precisamente porque ya no tiene nada que perder.

Valle-Inclán lo arrastra por tabernas, comisarías, redacciones de periódico y calles de madrugada. En cada parada, una escena. Y en cada escena, otra forma de enseñarte que el país funciona fatal y que el que paga siempre es el mismo.

Por qué duele igual cien años después

Cuando la terminé pensé que, cambiando los nombres y modernizando un poco el lenguaje, podría publicarse hoy y nadie notaría que tiene un siglo. La corrupción, el desprecio al que crea, los palos de la policía, la miseria disimulada con buenos modales. Todo sigue ahí.

Y no lo digo por quejarme, que es muy fácil. Lo digo porque me parece que tiene mérito que un texto de 1920 te deje esa sensación. Los libros que aguantan no son los que hablan de su momento, sino los que hablan de lo que no cambia nunca en la gente y en lo que la gente monta.

Valle-Inclán lo sabía. Por eso deformó, por eso exageró. Una buena caricatura cuenta más verdad que un retrato perfecto.

Cómo leerla si nunca has leído teatro

Sí, es teatro, pero se lee de maravilla sin haberla visto en un escenario. Las acotaciones de Valle-Inclán son tan buenas como los diálogos. A veces, mejores.

Un consejo: no te agobies si no pillas todas las referencias históricas. La obra funciona aunque no tengas ni idea de qué pasaba en España en 1920. El tono te lo cuenta todo.

Si te gusta el teatro, empieza por aquí antes que por cualquier otra cosa del siglo XX español. Y si no te gusta el teatro, puede que esta sea la excepción.

¿La has leído? ¿O tienes algún Valle-Inclán ahí parado, esperando su turno? Cuéntamelo en los comentarios, que estas cosas se disfrutan más hablándolas.

Y si te van este tipo de lecturas, por aquí voy dejando solo libros que me he leído de verdad. Si quieres que el próximo te llegue sin tener que acordarte de pasarte, ya sabes dónde suscribirte.

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Un comentario

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