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Sigo leyendo ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, el primer libro de relatos de Raymond Carver, y me he encontrado con «Cobradores», que es distinto a casi todo lo demás del volumen. Aquí no hay un matrimonio deshaciéndose en la cocina. Hay un hombre solo en una casa y alguien llamando a la puerta.

Un hombre en paro y alguien llamando a la puerta

El narrador está sin trabajo. Lleva días esperando una carta que le confirme un empleo, y mientras tanto no hace nada, tumbado, escuchando. Llaman a la puerta. Es un vendedor, Aubrey Bell, que anuncia que la señora Slater ha ganado en un sorteo una limpieza de alfombras gratuita.

El narrador le dice que la señora Slater no está. Y aquí empieza lo raro: nunca dice si él es el señor Slater. No lo confirma, no lo niega, deja la pregunta sin respuesta durante todo el relato. Bell entra igualmente. Y una vez dentro, ya no se va.

La aspiradora, el colchón y lo que sale de dentro

Lo que sigue es una demostración comercial que se alarga hasta hacerse insoportable. Bell aspira la casa mientras habla de cosas que no vienen a cuento, tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo y todo el derecho a estar ahí. En un momento aspira el colchón y le enseña al narrador lo que ha sacado de dentro: la suciedad y los restos de piel muerta acumulados en la cama donde duerme.

Es una escena doméstica y a la vez profundamente violenta, aunque nadie levante la voz. Un desconocido está sacando a la vista lo que este hombre tiene debajo, literalmente, y el hombre lo mira sin moverse. No lo echa. No dice que no quiere la aspiradora. No dice casi nada.

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Por qué esto es Kafka con moqueta

Este relato funciona con la misma mecánica que Kafka, aunque el decorado sea una casa cualquiera de la América de los setenta y no un tribunal.

Primero, el intruso con autoridad inexplicable. Bell entra amparado en un trámite absurdo, un sorteo que nadie recuerda haber jugado, y ese papeleo mínimo le basta para ocupar la casa. Es exactamente lo que hacen los guardias que despiertan a Josef K. en El proceso: llegan a su habitación, se instalan, y la explicación de por qué pueden hacerlo nunca llega.

Segundo, la pasividad del protagonista. En Kafka nadie da un puñetazo en la mesa. Se discute, se pregunta, se colabora con el procedimiento. Aquí igual: el narrador podría cerrar la puerta en cualquier momento y no lo hace.

Y tercero, la identidad que se disuelve. Josef K. es una inicial. El narrador de Carver es un hombre que no llega a decir su nombre en su propia casa. Cuando alguien pierde el trabajo y espera una carta que decida por él, deja de tener nombre y pasa a ser un caso pendiente.

La carta

El final es lo mejor y no lo voy a destripar del todo, pero tiene que ver con esa carta que el narrador lleva todo el relato esperando. Carver no explica nada, no cierra nada y no le da al lector la escena que estaría pidiendo. Se limita a colocar el objeto en el sitio equivocado y a irse.

Ahí está la diferencia con Kafka, por cierto. Kafka construye un mundo entero con sus reglas absurdas. Carver no construye nada: coge una tarde normal, mete a un vendedor dentro y deja que la cosa se pudra sola. El resultado es igual de opresivo con la mitad de los medios.

Si os interesa este libro, escribí una entrada general sobre la colección entera, y también sobre «Vecinos», que es el otro relato del volumen donde alguien acaba dentro de una casa que no es la suya. Del Carver más tardío hablé hace poco en «Desde donde llamo».

¿Veis vosotros también ese parentesco entre Carver y Kafka, o os parece que fuerzo la comparación? Decídmelo en los comentarios, que este es de los temas que me pueden tener discutiendo un rato largo. Y si queréis lo que voy leyendo y pensando entre entrada y entrada, ando en Substack con notas más cortas que no llegan al blog.

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