Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.
Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias
El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.
Lo aburrido hecho prominente
Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.
J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo
El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.
Por qué me ha interesado como escritor
Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.
Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.
¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.
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