Ahora mismo estoy leyendo Catedral (ya escribí sobre Cuidado, uno de sus relatos), pero de vez en cuando me gusta volver a los relatos de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? y comentar alguno que todavía no había tocado aquí. Hoy le toca a La esposa del estudiante. No pasa gran cosa en él, como suele pasar en Carver.

Foto: Jp Valery / Unsplash

Una noche cualquiera, casi

Mike, el marido, le lee poemas de Rilke a su mujer, Nan, antes de dormir. Rilke es Rainer Maria Rilke, poeta austriaco de principios del siglo XX y una de las voces más importantes de la poesía en alemán, conocido sobre todo por las Elegías de Duino. Ella se queda con la cabeza sobre la almohada, escuchándolo, y él, al rato, se rinde al sueño con esa facilidad con la que duermen los que no tienen nada que les pese por dentro. Ahí podría acabar cualquier noche de cualquier matrimonio. Pero Nan se queda despierta.

El insomnio como territorio propio

Lo que hace Carver con esto es sencillo de contar y durísimo de leer. Nan no consigue dormir. Se levanta, recorre la casa a oscuras, vuelve a la cama, lo intenta otra vez y no lo consigue. Mike sigue ahí, respirando tranquilo, ajeno a todo lo que le pasa a ella en esas horas. No hay pelea, no hay un reproche, ni siquiera una palabra fuera de lugar. Solo dos personas en la misma cama, y solo una de ellas despierta de verdad.

Y ahí está lo que más me interesa del cuento: cómo el insomnio de Nan se convierte en el único espacio que es completamente suyo. Mike tiene el sueño, tiene a Rilke, tiene esa capacidad de desconectar que ella no tiene. A ella solo le queda la noche entera, sola, para pensar en lo que sea que no la deja tranquila.

El final que lo cambia todo

Sin destripar demasiado, porque el cuento apenas tiene diez páginas y se lee en veinte minutos: el final es un giro pequeñísimo, casi nada, y aun así te deja descolocado. Nan termina de rodillas junto a la cama, llorando, pidiéndole a algo o a alguien que ayude a su familia. No sabemos de qué exactamente, ni contra qué. Y esa falta de explicación es justo lo que hace que el cuento funcione. Carver no te dice qué le pasa a Nan. Te deja con la sensación de que algo va mal, sin darte una sola pista concreta para nombrarlo.

Por qué este cuento y no otro

De los relatos de este libro que ya he comentado por aquí, Vecinos y Gordo, este es el más triste de los tres, y también el más contenido. No hay un vecino ajeno del que hablar, ni un cliente que remueva algo por casualidad. Aquí solo hay una pareja, una cama y una mujer que no consigue apagar la cabeza. A veces pienso que Carver escribía mejor sobre lo que no se dice que sobre lo que sí.

¿Alguna vez has dormido al lado de alguien que dormía perfectamente mientras tú no podías pegar ojo? Cuéntamelo en los comentarios.

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