The Locked Room sigue a un narrador que reconstruye la desaparición de un amigo de la infancia, y aquí Auster lleva la trilogía a su punto más emocional y, a la vez, más ambiguo. Si en las novelas anteriores la identidad se iba deshaciendo en la vigilancia, aquí el peso cae todavía más sobre la memoria, la ausencia y esa sensación de que una vida puede reorganizarse entera alrededor de una falta.
Foto: Xuancong Meng (Unsplash)
Lo que me ha gustado de esta tercera parte es que no intenta competir con la extrañeza de Ghosts ni con el desconcierto de Ciudad de cristal. Va por otro lado: el de la reconstrucción parcial, la culpa, el recuerdo y la relación entre escribir y devolverle forma a algo que ya no existe del todo. Esa mezcla hace que el libro se lea con una tensión más íntima, más humana, pero no menos inquietante.
Una ausencia que organiza la vida
En The Locked Room, la ausencia no es solo un tema: es el centro de gravedad de todo. El narrador se enfrenta a la desaparición de un amigo de la infancia, y a partir de ahí empieza una especie de reconstrucción afectiva y literaria que nunca termina de cerrarse. Me interesa mucho cómo Auster convierte ese vacío en motor narrativo. No hay una sola verdad que alcanzar, sino capas de interpretación, recuerdo y proyección.
Esa sensación de estar reconstruyendo algo a partir de restos me parece una de las grandes virtudes de la novela. Auster no trata la memoria como una foto fija, sino como un espacio inestable donde el pasado se mezcla con lo que imaginamos haber entendido años después. Y por eso la lectura avanza con una incertidumbre muy particular: no tanto la de no saber qué pasó, sino la de no saber hasta qué punto lo que recordamos es ya una versión deformada de lo ocurrido.
Foto: Vadim Pospelov (Unsplash)
Escribir como forma de buscar y perder
Otra cosa que me ha atrapado mucho es la parte metaliteraria. Aquí Auster vuelve a insistir en algo que ya estaba latiendo en las entregas anteriores: escribir es también perseguir una sombra. El narrador intenta fijar una versión de la historia, pero cuanto más escribe, más evidente se vuelve que todo relato deja fuera algo esencial. Y, sin embargo, eso no lo debilita; al contrario, le da fuerza.
Me gusta especialmente esa mezcla entre devoción y distancia. El narrador quiere contar, pero también quiere comprender. Quiere ordenar, pero descubre que ordenar es otra forma de deformar. Y ahí aparece una de las ideas más potentes de todo el libro: que la escritura no resuelve la pérdida, pero sí permite convivir con ella de una manera menos muda.
El cierre de la trilogía
Si miro la trilogía completa, me parece que The Locked Room cierra muy bien el recorrido de Auster porque desplaza la obsesión desde la persecución exterior hacia una zona más interior y más dolorosa. La ciudad sigue estando ahí, claro, y la identidad también, pero ahora lo que domina es el vínculo con el otro y la imposibilidad de poseer del todo la historia ajena.
Al terminarla me quedé con la impresión de que Auster no está buscando resolver nada en sentido clásico. Lo que hace es poner en escena la fragilidad con la que construimos sentido: a partir de nombres, recuerdos, pérdidas y relatos que nunca terminan de coincidir con lo vivido. Y precisamente por eso la trilogía funciona tan bien. Porque cada libro desplaza la pregunta, y al final ninguna respuesta puede ser del todo estable.
Con esta entrada cierro la serie sobre The New York Trilogy, que al final me ha dejado justo lo que esperaba de Auster: una sensación de extrañeza sostenida, pero también de cercanía con esas zonas en las que la identidad, la memoria y la escritura se mezclan hasta volverse inseparables.
¿Has leído The Locked Room o la trilogía completa? Me interesa mucho saber qué parte te dejó más huella y por qué.
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