Cuando eres lector, publicar un libro parece el final feliz de una película: entregas el manuscrito, sale a las librerías y ya está. Cuando lo vives por dentro, descubres que ese momento no es el final, es apenas el principio, y que casi nada es como te lo habías imaginado. Publiqué mi primer libro con una editorial pequeña, y aquí van las cosas que a mí nadie me contó.
La primera, y la que dio título a mi propio libro casi sin que yo lo planeara: nadie te espera. Nadie está esperando tu libro ahí fuera. Eso duele al principio, y luego, curiosamente, libera.
1. Escribirlo cuesta mucho más de lo que imaginas
No es que sea difícil escribir: es que es difícil terminar. Yo tardé mucho más de lo que había calculado, y no de escribir sin parar, sino de escribir, dejarlo, dudar, volver, borrar medio libro y empezar otra vez. Vengo de la filología y he leído toda mi vida, y aun así el folio en blanco no perdona a nadie. La constancia importa más que la inspiración, y eso nadie te lo dice cuando lo empiezas.
2. Leer mucho ayuda, pero no te salva
Durante años pensé que, como leía tanto, escribir me saldría solo. No funciona así. Leer es la mejor escuela que existe: te afina el oído, te enseña ritmo, te muestra lo que no hay que hacer. Pero entre entender por qué una frase de Carver funciona y escribir tú una que funcione hay un abismo, y ese abismo se cruza escribiendo, no leyendo. La filología me dio herramientas para mirar los textos por dentro; escribir el mío fue otra cosa, más solitaria.
3. Una editorial pequeña es un sí de verdad
Publiqué con una editorial pequeña y no lo cambiaría. Una editorial independiente no te ficha por cálculo comercial, te ficha porque alguien de dentro se ha creído tu libro. Eso vale muchísimo. Lo que también significa es que no hay una gran maquinaria de marketing detrás: el libro no llega solo a miles de lectores. En una editorial pequeña, tú eres parte del equipo. Difundir, mover, dar la cara, también es tu trabajo. Mejor saberlo antes que después.
4. Publicar no es la meta, es el pistoletazo de salida
Esta es la que más cuesta asumir. Durante todo el proceso piensas que el día que salga el libro habrás llegado. Y cuando llega, descubres que ahí empieza lo otro: que te lean. Nadie te espera, decía antes. No hay una fila de lectores aguardando tu nombre. Tienes que ganártelos uno a uno, y eso lleva más tiempo y más humildad que escribir el libro. Si buscabas la línea de meta, cámbiala por una de salida.
5. Exponerte da más miedo que escribir
Mientras el libro es solo tuyo, en tu ordenador, eres libre: puedes decir cualquier cosa. En cuanto lo publicas, deja de ser del todo tuyo. Lo van a leer, lo van a juzgar, alguien dirá que no le ha gustado. Y eso, para quien lleva años protegiendo ese texto, asusta más que cualquier página en blanco. Pero es también lo único que hace que el libro exista de verdad. Un libro que nadie lee no ha terminado de nacer.
¿Merece la pena?
Con todo lo anterior, sí, rotundamente. Volvería a hacerlo. Publicar tu primer libro es más duro y menos glamuroso de lo que te imaginas, pero también es de las pocas cosas que, cuando pasan, sabes que no te las quita nadie. Si estás en ello, aguanta: el folio en blanco se cruza escribiendo, y nadie te espera solo hasta que empiezas a aparecer.
Por si te lo preguntas, mi primer libro es Nadie te espera (Editorial Hilos de Emociones), la reconstrucción del viaje de un inmigrante senegalés a España; está aquí. Y si andas en esos días en que no quieres ni sentarte a escribir, hablé de eso en esta entrada.
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