Hay días en los que abres el documento, miras el cursor parpadeando y decides que hoy no. No porque no tengas ideas. Las tienes. El problema es otro: no quieres. No te apetece nada ponerte a escribir, y eso, si llevas tiempo haciéndolo, puede asustarte bastante más de lo que debería.
Hoy quiero hablar de eso. De los días malos. De cuando la escritura se convierte en una obligación que evitas como puedes. Y de lo que, al menos a mí, me ayuda a volver.
No es un bloqueo. Es otra cosa.
El bloqueo del escritor, tal como lo hemos romantizado en el cine y en los manuales de escritura creativa, es una bestia que te deja vacío. Sin ideas. Sin palabras. Sin nada que contar. Eso existe, pero no es lo más frecuente.
Lo que yo vivo con más regularidad es diferente: tengo cosas que contar, tengo el hilo de lo que estoy escribiendo, sé más o menos qué viene después. Pero no quiero sentarme. No hay ganas. Y la diferencia entre ambas cosas importa, porque el remedio es completamente distinto.
Cuando no tienes ideas, lees, observas, vives un poco más. Cuando no tienes ganas, leer no te va a arreglar nada. Necesitas otra cosa.
Lo que pasa cuando lo fuerzas
El primer instinto, al menos el mío, es forzarlo. Decirte: siéntate, escribe aunque sea una porquería, algo saldrá. Y a veces funciona. Pero hay días en los que lo que sale es tan mediocre que terminas más desanimado que antes de empezar. Has escrito quinientas palabras que vas a borrar mañana y encima has perdido la tarde.
No digo que no haya que escribir cuando no apetece. Digo que hay que distinguir dos cosas. Una es la resistencia normal, ese pequeño freno que aparece siempre al principio y que desaparece en cuanto llevas diez minutos escribiendo. La otra es el agotamiento de verdad. Forzar lo primero funciona. Forzar lo segundo, muchas veces, no.
Lo que me ayuda a mí
Voy a ser concreto, porque los consejos genéricos sobre creatividad me aburren tanto como a vosotros.
Lo primero que hago cuando llevo varios días sin querer escribir es cambiar el soporte. Dejo el ordenador y cojo un cuaderno. Hay algo en el bolígrafo sobre el papel que desactiva parte de la presión. No estás escribiendo de verdad, estás apuntando cosas. Y eso, paradójicamente, suele producir lo mejor.
Lo segundo es salir. Caminar sin destino fijo, sin podcast, sin música. Solo caminar. A mí me funciona mejor que cualquier otra cosa para desatascar lo que está atascado. Las ideas que no salen delante de la pantalla aparecen a mitad de una calle cualquiera.
Lo tercero, y esto lo he tardado en aprender: darte permiso para no escribir sin culpa. Un día, dos días, tres. Sin llamarlo crisis ni fracaso. A veces el texto necesita tiempo para sedimentar, y ese tiempo lo pasas haciendo otras cosas. Eso también forma parte del proceso.
La trampa de la inspiración
Hay una idea muy extendida que hace mucho daño: la de que escribir bien requiere estar inspirado. Que si no tienes el momento, mejor no tocar nada. Es mentira, pero es una mentira cómoda porque te da coartada para no hacer nada.
La inspiración no llega antes de escribir. Llega mientras escribes, o después. Y los días en los que menos te apetece suelen ser los que más te sorprenden cuando te sientas de todas formas y empiezas.
No siempre. Pero suficientes veces como para no rendirse demasiado pronto.
¿Tenéis algún ritual o truco que os ayude a volver a escribir cuando lleváis días sin querer? Me interesa saber cómo lo gestionáis vosotros, porque en esto cada uno encuentra su propio camino y el intercambio siempre aporta algo. Dejadlo en los comentarios.
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