Voy leyendo Catedral relato a relato y escribo sobre cada uno mientras lo tengo fresco. Con este se me torció el orden: «Fiebre» lo leí justo antes de «La brida», pero la entrada de «La brida» salió primero y este se quedó sin la suya. Lo arreglo ahora.
Y al ponerlos uno al lado del otro me he dado cuenta de algo. Los dos terminan con alguien que ve marcharse a otros. Pero terminan de una forma muy distinta.

Un hombre solo con dos niños
Carlyle da clases de arte en un instituto. A principios del verano, su mujer, Eileen, se fue a California con Richard Hoopes, un compañero de trabajo de él. A los niños, Keith y Sarah, les han dicho que su madre está de viaje. Carlyle aguanta el verano como puede, pero empieza el curso y necesita a alguien que se quede con ellos.
Lo que viene después es casi una comedia triste. La agencia le manda a una mujer que apenas mira a los niños. Luego contrata a Debbie, una chica de diecinueve años que ha puesto un anuncio en el supermercado. Un día vuelve antes de hora y se encuentra coches en la entrada, a los niños solos y sucios en el jardín, y dentro de casa a unos adolescentes bebiendo y fumando con Rod Stewart a todo volumen. Los echa a todos y no le paga.
Carver no dice en ningún momento que Carlyle esté desesperado. No le hace falta. Basta con ver a un hombre que tiene que resolver lo práctico justo cuando se le ha venido abajo la vida, y que no sabe hacer ninguna de las dos cosas.
Eileen, la que se fue y no deja de llamar
Lo curioso de Eileen es que se ha ido, pero sigue ahí. Manda postales, fotos y cartas desde California diciendo que está haciendo arte y que es feliz. Cuando Carlyle la llama, ella le habla del karma. Cuando llama ella, le dice que ya sabía que él estaba pensando en ella.
Y aquí está la ironía: es Eileen, a través de la madre de Richard, quien le consigue a la mujer que le va a salvar la casa. La que se fue le arregla el problema que dejó al irse.
Más adelante, cuando Carlyle cae enfermo, vuelve a llamar. Dice que sabía que estaba malo, que Richard también lo está, y le pregunta si sigue escribiendo su diario. Le aconseja que apunte lo que siente, porque la enfermedad trae un mensaje. Él piensa que está loca. Después de colgar se lleva la mano a la cabeza, el mismo gesto que hizo Debbie antes de subirse al coche. Es un detalle mínimo, de los que Carver mete sin subrayar: Carlyle está tan descolocado como la chica a la que echó de su casa.

La señora Webster
La señora Webster llega en una camioneta ruidosa que conduce su marido, Jim. Él no entra: se queda en la cabina con su termo. Carlyle la contrata en cuanto ve cómo trata a los niños, y esa tarde, al volver del instituto, se encuentra la casa recogida, galletas en el horno y a los niños contentos.
Es una mujer mayor y sencilla, que no dice una sola frase brillante en todo el relato. Y es la que sostiene esa casa. En Carver pasa a menudo: quien te saca del pozo no es la persona que esperabas, sino alguien que entra por la puerta casi por casualidad. Ya lo vimos en «Gordo».
La fiebre
Un domingo Carlyle se despierta con fiebre alta. La señora Webster lo cuida: aspirinas, cereales, y a Jim que baje la tele. Cuando por fin se levanta, la encuentra con los niños haciendo figuras de arcilla. Y entonces ella le da la noticia: el hijo de Jim les ha ofrecido trabajo en su rancho, en Oregón. Se están haciendo mayores, Jim lleva tiempo sin un trabajo de verdad y necesitan algo seguro. Se van.
Carlyle llora un poco. Y empieza a hablar. Le cuenta a la señora Webster toda su historia con Eileen, desde que ella tenía dieciocho años: que se querían más que nadie, que pensaban hacerse viejos juntos y que lo peor es que ahora cada uno se hará viejo sin el otro. Ella le pide que siga. Le dice que a ella también le pasó algo así una vez. Cuando entra Jim, le hace sentarse a escuchar.
Me quedo con esa imagen: un matrimonio mayor, sentado en el salón de un hombre al que apenas conoce, escuchando cómo se le rompió la vida. No le dan consejos. Escuchan.
Contarlo para poder soltarlo
Al final, la señora Webster le dice que él y su mujer están hechos de buena pasta y que les irá bien. Carlyle los acompaña afuera y los ve marcharse en la camioneta. Y en ese momento siente que algo se ha terminado. Entiende que lo que hubo entre él y Eileen ya pasó, y que aun así va a seguir siendo parte de él. Les dice adiós con la mano y se vuelve hacia sus hijos.
La fiebre funciona como en la vida: te tumba, te deja sin defensas y, cuando baja, ya no eres el mismo. Lo que cura a Carlyle no es el reposo, sino contar su historia en voz alta a alguien que no la conocía. Es lo mismo que pasa en «Desde donde llamo», donde hablar es la única manera de salir del agujero.
Y es justo lo contrario de «La brida». Allí Marge ve irse a los Holits y se queda con la brida en las manos, sin moverse. Carlyle también ve irse a los Webster, pero él sí se mueve: se da la vuelta hacia sus hijos. En Catedral, Carver deja entrar algo de luz que no había en sus libros anteriores, y este relato es de los que más dejan entrar.
Si estás empezando con Carver, aquí tienes por dónde empezar a leerlo.
Sigo con este hilo de Catedral. Si queréis que analice algún relato concreto del libro, decídmelo.
Una cosa más. Veo que muchos de vosotros dejáis un «me gusta» en cada entrada, y os lo agradezco de verdad. Pero me haría mucha ilusión leeros también en los comentarios. No hace falta escribir nada largo ni haber leído el relato: una frase, una duda, o decirme que no estáis de acuerdo conmigo. Me gusta mucho hablar de libros con vosotros, y eso solo pasa si os animáis a escribir.
Así que os dejo la pregunta: ¿os ha pasado alguna vez que contarle algo a una persona casi desconocida os sirviera más que hablarlo con los de siempre?
Sigue leyendo en Rincones de papel:
- La brida, de Raymond Carver: los sueños son aquello de lo que uno se despierta
- Gordo, de Raymond Carver: cuando un desconocido te cambia por dentro
Y si queréis más, también escribo notas cortas en mi Substack.
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